La materialidad arquetípica

Alejandra Sella

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“… son obras que recrean las formas más esenciales … Para ello buscan la idea arquetípica, la forma esencial del museo: tesoro primitivo, lugar sagrado, excavación arqueológica, pórtico publico, espacio intemporal de la luz.”

Joseph María Montaner

A veces cuesta despojarse de la materialidad de las cosas. A través del tiempo, las coordenadas, contenedor – contenido, aparentan una dupla indisoluble del concepto museo. Desde el inicio, el lugar para atesorar, exhibir y disfrutar de toda clase de colecciones, objetos, trozos de templos, paños, cuadros, animales disecados, momias sacadas de su eterno descanso, artes y los más insólitos instrumentos y enseres que expresan la civilización humana, devino en suma diversa de la espacialidad material de una institución de orden publico.

Ese cuerpo – institución conforma un tipo edilicio que se ha transformado según el modo de ver el mundo de cada época y la particular relación del hombre con el arte y con el curso cultural de cada tiempo en la unidad producción – promoción – difusión. A su vez, ha establecido un plano de competencia, controvertido, entre el propio edifico y aquello que atesora. Entre contenedor y contenido se ha pautado un delicado equilibrio. Arca, cofre, baúl, joyero, caja, son múltiples analogías para la materialidad espacial, pero el sentido de ese espacio lo da la sustancia de lo que contiene ¿Cuál será entonces, la forma esencial del museo?

De la caja original, sistema de salas enfiladas con luz cenital que contenía, casi en sentido enciclopédico, las primeras colecciones, forma característica de estos espacios durante los siglos XVIII y XIX, se pasó, tras los radicales cambios en la concepción del arte y su papel en la sociedad, planteo de las vanguardias artísticas de las primeras décadas del siglo XX, a dos vertientes distintas. La primera implicó un descreimiento sobre la institución museo a la que se la catalogó como reservorio de cadáveres e implementó búsquedas experimentales para su disolución en sentido académico y para la re – fundación en un planteo nuevo. La segunda, experimentó la reformulación de la concepción espacial de la caja, hacia otra de mayor imparcialidad, caja neutra, flexible, polifuncional, que el Movimiento Moderno supo expresar en obras y proyectos de sus grandes Maestros. La idea del Museo de Crecimiento Ilimitado, proyecto de Le Corbusier espiral rectilínea, laberinto resuelto en sí mismo, espacio interior continuo y concatenado. O la materializada espiral curva que Frank Lloyd Wright propuso para el Guggenheim de Nueva York, cinta de circulación – exposición continua que remata en una fuente de luz cenital bañando el vacío central interior. Así también, un gran número de edificios experimentaron con la planta libre como el Museo de Arte de San Pablo en Brasil de Lina Bo Bardi, cuya museografía enfatiza en sus atriles transparentes la presencia absoluta del contenido por sobre la espacialidad que lo contiene. Son, todos éstos, la expresión de esta nueva relación.

Una nueva consideración, distinta, en el vínculo arte – consumo, sociedad del ocio – industria cultural, implicó una nueva transformación: la caja neutra se fragmenta y adquiere valores comunicacionales, metafóricos y a escala urbana se instituye y refuerza como imagen símbolo del lugar. Pensemos si no, cuantos de nosotros asociamos Bilbao a la presencia de ese gran gesto arquitectónico que es su propio museo Guggenheim, desconociendo otras cualidades del lugar. O la caja controversial, megaestructural, que muestra sus vísceras de soporte tecnológico del Centro Pompidou, pieza urbana, referente y mirador de Paris. Aquí el contenedor es el protagonista.

Sin embargo, pese a todos sus indicios de materialidad, un museo es un trayecto, un itinerario, la deriva particular de quien lo recorre. Un vacío creado para la búsqueda y la experimentación. De carácter mutante y complejo. Un museo, en la experiencia emocional, es el sonido pétreo de la impronta de los pasos en el corredor de la Gallería degli Uffizi, apurados al encuentro del Nacimiento de Venus en la intricada tarea de entender ese talento, en esa ciudad, en ese punto particular del tiempo, restituyendo toda su humanidad a Sandro Botticelli en la Florencia renacentista; o un museo, es también, la percepción relacional entre interior – exterior – espacio abierto – espacio cerrado – que el eje ordenador de la secuencia espacial otorga al Museo de Antropología de Xalapa en el camino para encontrarnos con la expresión más maravillosa de la cultura del deleite en las Caritas Sonrientes, luego de ellas, nuestros pasos retoman el camino y se diluyen en el sentido inverso, ya por fuera, sumidos en la naturaleza y en la profunda reflexión de impeler ese sentido de la inocencia y el disfrute en el tiempo actual.

Experiencia y percepción superan, así, al propio espacio, el contenedor se desvanece en procura de la experimentación vital. Parece posible, despojarse de la materialidad de las cosas. Las coordenadas definitorias mutan hacia otras más complejas, el concepto de museo se debate, ahora, entre tipo y arquetipo entre materialidad e inmaterialidad. Arquetipo es síntesis, concepto, idea fundamental, forma original y primaria. La disolución del contendor hacia la síntesis de lo esencial plantea la necesaria ausencia de materia. O la existencia de una materialidad arquetípica. La forma esencial del museo debe sustentarse en la idea modelo inmaterial e inmutable de la cosa.

La materialidad del e-museo es de naturaleza arquetípica. Se desarrolla en la dimensión virtual del espacio utilizando el soporte del avance tecnológico, lugar impalpable que no privilegia recorrido alguno, debemos resolverlo por nosotros mismos. Los recintos – imágenes son presentados en formas y calidades de la luz. Aún cuando creemos conocer los contenidos nos resultan insólitos, inesperados, fuente lúdica de numerosas relaciones y algunas revelaciones. Cada sala es un lugar de intercambio y de replanteo de lo imaginado. Una dimensión que habilita un espacio para el saber, el desarrollo de una nueva sensibilidad y nuevas capacidades de percepción.

Las sucesivas visitas van modificando nuestra propia experiencia, profundizando una resonancia cada vez más personal, constituyéndose el e-museo, aún fragmentadamente, en un tesoro, un lugar, un pórtico y especialmente en espacio intemporal de la luz.

Una nueva caja para Pandora

El e-museo alcanza su objetivo didáctico de enseñar a través de la belleza, realza su condición de laboratorio al alumbrar los resultados de la tarea de experimentación. Todas la obras aportan hacia develar aspectos de la configuración de la forma, punto insoslayable del diseño. Es por sobre todo una forma particular de ver y aprehender el mundo, huella, trazo, marca que plasma el ser de quienes lo engendraron y lo hicieron ser luz.

El recorrido de e-museo se jalona ya no en la densidad del paso sobre la pulida piedra, sino en la huella de destellos de luz que marcan caminos posibles para el estimulo de nuestra creatividad.

Nos dice la mitología que Pandora es la primer mujer, creada por Hefesto por orden de Zeus y adornada por los dioses con toda suerte de bellezas y virtudes, tal como lo indica su nombre poseedora de Todos los dones. Presa de una confabulación urdida por Zeus que quería castigar a Prometeo por haberse robado el fuego, la condujo hacia una trampa y de su caja no se desataron todos las ofrendas del bien, sino todos los males. Tal vez Pandora y su indiscutible curiosidad merecían otro destino, seguramente, una caja llena de posibilidades. El e-museo es una gran caja de posibilidades acaso, una nueva caja para Pandora.

Alejandra Sella

Arquitecta

Doctora en Arquitectura

Universidad de Mendoza Argentina

Bibliografía Consultada

MONTANER, Joseph María, Museos para el nuevo siglo XXI, G.Gili, Barcelona, 2003.

ROCA, Miguel Ángel, Arquitectura del sigo XX. Una antología personal, Donn SA,, 2005.


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