Una visita al museo de arte

Agustín René Solano Andrade

(Entre Malraux y Danto)

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Verver y Ruskin encontraron obras de arte en cierto contexto existencial en el que el arte se inserta en cierta perspectiva, como una pieza de filosofía leída justo    en el momento correcto.                 

 Arthur Danto.  

 

El fin del arte
La reflexión sobre los usos o funciones del museo en general, y del museo de arte en particular, es abordado comúnmente en la preocupación de su integración social como una institución vital -ya no sólo importante- para el desarrollo humano, aunque, la verdad, muy pocos se preocupen por visitarlo.. No se asume exclusivamente al museo como un baluarte de la actividad del coleccionismo humano, por ello entonces se buscan funciones que le permita una valoración social positiva en tanto objetiva más que subjetiva o por su razón instituida.            

 

La propuesta de este texto intenta ser positiva hacia la institución mencionada, pero estos mismos argumentos presentados pueden ser usados en contra del museo de arte; siendo necesarios para una perspectiva más social que objetiva. Malraux y Danto, entre otros, incluyen esa preocupación de distinta forma y la plantean para justificar la existencia del museo de arte como una pieza medular del desarrollo humano o crecimiento del individuo, sin dejar a un lado las consideraciones negativas del mismo museo de arte, que, como todo producto humano tiene su lado positivo y negativo.

Entre Malraux y Danto.                                                                                            

La tesis de Malraux en su museo imaginario introduce unos ideales sociales del imaginario colectivo compartido a través de la reproducción de las obras de arte expuestos en los museos y que, de esta forma, está al alcance de muchos. Para el tiempo en que el autor llevó a cabo esa reflexión, dejaba ver la importancia de compartir un acervo cultural artístico, sin embargo, le restaba valor al museo como edificación e institución objetiva pues, según la propuesta, no era necesario visitarle para tener contacto con la obra de arte y su ideal se ha vuelto realidad a través de la Internet. También hay que hacer notar su acertada afirmación sobre la manera en que los museos hacen que se perciba la obra expuesta. Si bien no es un juicio que niega o afirma la acción, deja ver las nuevas relaciones impuestas entre la obra y el individuo que la observa. Ciertamente salva estos eventos con titular a su propuesta Museo sin paredes o Museo imaginario, pero no podemos negar el hecho de que en la propuesta existe, claramente, una negación al mismo museo. Malraux alude, sin lugar a duda, al museo como concepto humano y como propuesta de una misma esencia al denominar su reflexión del modo antes mencionado, sin embargo, deja claro también que el mismo museo como edificación no es tan útil como pareciera, pues el hecho de no necesitarle, más que como concepto, implica cierta inutilidad material. Sin embargo es pertinente afirmar que el rol del museo asume ese papel categorizador del arte e inútil como edificio, a pesar del diseño tan portentoso de nuevos museos de arte o edificios históricos utilizados para ese fin, porque así se ha permitido a lo largo del tiempo en la razón de ser un santuario. No es pertinente negar esa óptica, sino asumirla como opción –casi- única y entonces evitar mirar hacia otras perspectivas en las que se dibuja el museo de arte. Este tipo de museos resume, de buena manera, un ideal humano que lo ha movido hacia su superación. Lo mejor del caso, y por eso su valor en la materialidad, es que no solo resume el ideal, sino que lo muestra en muchas de sus dimensiones. Por ello, si bien el concepto de museo de arte es importante como concepto, también lo es como edificación y el entramado que esto implica. El museo de arte es necesario en su materialidad auque eso le imponga ciertas deficiencias o nuevas formas como la página web, pues lo que aquí se asume es que no representa todo el ideal pero es una forma importante de exponerlo.
Por otro lado, Danto cuestiona la función de la obra de arte dentro del museo, poniendo al tanto las veces que se hace posible y las que no. Sin lugar a dudas, hay museos que son concebidos como obras maestras de la arquitectura, ya sea por su forma o por la tecnología usada, y que por ello, por su historia o por su difusión publicitaria, se ven como templos del arte, pero eso no le  impone el carácter de obra de arte al edificio, pues antes que eso, una carga estética importante, está la función a la que se debe como edificación museística. La obra de arte se crea con un objetivo estético y artístico que se asemeja al del museo como obra arquitectónica en tanto su especificidad escultórica, pero distan en sus usos. Probablemente esto pasa por una tradición historiográfica donde la dimensión estética del objeto supedita a las otras dos en su estudio. Sucede lo mismo con las catedrales que son un prodigio estético y arquitectónico, pero no siempre –contexto histórico- sujetan a ello su función religiosa. Las catedrales góticas hacían de la experiencia estética una puerta para la experiencia religiosa que, al final, se confundían y se guardaban en el individuo arrebatado como experiencia mística.
Al principio del texto los museos y las multitudes sedientas, Danto hace referencia a la obra de arte como impulsora de ciertas experiencias ensalzantes del arte, pero además utiliza al museo para este fin como contenedor de esas experiencias, aunque también lo propone como un “modelo muy pobre para una vida feliz”[1]. De alguna manera le otorga el beneficio de la obra maestra al museo de arte porque en ellos se encuentran dichas obras, son su hogar – y su modo de vida- antes que su resguardo.
Aquí vale la pena retomar esa idea del poder que tiene el museo de arte a través de la colección que resguarda y exhibe. Muchos museos importantes incluyen recorridos donde insisten en una u otra obra de su colección. Ya se ha dicho que lo expuesto es mínimo con lo resguardado de la colección. Pero todavía, de lo exhibido, sólo son contadas las obras puntuales para la importancia del museo y que son las que incluyen esos recorridos, de las que se hacen algún souvenir o se promueven académicamente o en exhibiciones especiales. Esas grandes obras motivan experiencias contingentes, pero que suscitan a muchos, sea real o inducida la vivencia. Es por ello que el museo asume una valoración positiva por parte de la sociedad al resguardar obras de tal magnitud ¿Cuántos individuos realmente han superado su cotidianidad a través de mirar la Gioconda de Da Vinci entre una multitud turística que hace fila para enfrentarla? ¿Acaso no es, en la mayoría de las veces, una situación publicitaria la que hace que nos acerquemos al Guernica de Picasso? ¿Por qué, si la masa no tiene un imperante en la educación estética, sabe que las Meninas de Velázquez, como otras expresiones elevadas a obras maestras, tiene elementos o valores que restituyen al individuo como sujeto? A fin de cuentas, más que un hacedor de experiencias artísticas o estéticas como las de las obras que contiene, el museo de arte puede ser un procurador de las mismas; pero se le adjudica la primera función como mega-sujeto que representa por su institucionalización. El museo no debería categorizar las obras en menores o mejores, pero tampoco puede escapar de un contexto donde el turismo se encuentra inmerso y sucede a través de la publicidad, por ello se incluye en una dinámica similar donde la obra sucede cono atracción, como elemento de entretenimiento más que como reflejo de lo humano sublime. Incluso, el sujeto que visita un museo de arte porque es parte del itinerario dispuesto o porque es uno de los atractivos del lugar, debiera poder inmiscuirse con cualquier obra expuesta aunque no fuera una de la categoría de obra maestra. Aquí vale la pena enmendar la idea de la reproducción que Malroux utiliza, pues el acervo artístico humano tiene sólo obras únicas como tal, y en la dinámica anterior, no todos las personas tienen acceso al David de Miguel Angel y mucho menos a la experiencia que éste proporciona, ya sea por cuestiones de geografía, de tiempo, de salud, de ignorancia, o de solvencia económica, o de su conjunto. Sin embargo la vida de la gente que no ha tenido acceso a alguna obra maestra, no es menor ni mejor tampoco, pues lo estético no reside solamente en objetos de esta índole.
Atinadamente, Danto ve en el museo de arte su capacidad para abstraerse de lo cotidiano y permitirse entonces, enfrentarse a la obra de arte en un espacio destinado para ello. También observa que muchas de esas obras no le son significatvas para las nuevas generaciones sedientas de arte y que, sin lugar a dudas, se deben atender como prioridad. Para empatar las funciones del arte con el museo, acertadamente le llama arte del museo. Así entonces, el museo promueve una serie de experiencias que al arte se adjudican por el contenido del mismo, y, si difícilmente se puede balancear estrepitosamente hacia algún lado, las media e instituye. Entonces visitar el museo de arte implica experimentar alguna de aquellas experiencias que van más allá de las rutinarias del arte. Por ello es importante hacer una reflexión sobre los tipos de arte que el museo promueve en tanto los beneficios de ciertos grupos sociales, pero no sólo promueve eso, sino la instauración de nuevos museos de arte bajo la misma idea. Hay museos de arte que buscan incluir en su acervo la visión general de la humanidad a favor de todos los individuos, pero también existen museos, y cada vez existe una preocupación mayor por la construcción y promoción de los mismos, que sólo incluyen el acervo regional y no por ello son menos importantes. Los primeros son museos de arte que han apostado en continuar la idea de ser museos de museos y en ello reside su poder y su maquinaria publicitaria, pero que limitan las funciones de las obras expuestas por la cantidad de gente que en ellos se encuentran. Son diseñados y adaptados para que la masa se entretenga y disfrute su estancia, son una especie de gran almacén comercial con todos los servicios necesarios donde lo “imposible” es adquirir lo originalmente expuesto. Los visitantes adquieren una experiencia más turística que artística o estética, se acercan a la obra y se vuelven a distanciar de ella, pero no por que lo deseen siempre, sino por que el lugar tiene una dinámica que incluye un recorrido con cierto tiempo en algunos casos. Aquí, en estos museos, las academias se instalan. Los museos de arte del segundo tipo, los regionales, son museos que la comunidad valora y sostiene y difícilmente juegan un papel importante en la determinación de modelos artísticos. Aquí se incluye obra de los artistas de la entidad que, por lo mismo, no es totalmente reconocida, pero que este espacio sirve como escalón para los anteriores museos. Este es el museo que expone el arte del público, como lo nombra Danto, y en él está representada la gente que no pertenece al círculo académico y al comercial que se encuentra inmiscuido con el museo que exhibe el arte público. Ambos museos de arte promueven el concepto que reivindica, en algunos aspectos, al hombre como especie, pero que también lo separa según intereses de grupo. El museo de arte acerca a la gente al concepto de arte de manera particular, debiendo permitir que las relaciones entre la obra de arte –maestra o no- y quien la observa –nuevo o no- se desenvuelvan por cuestiones personales más que grupales; no importando si el museo de arte está sostenido por colecciones académicamente  importantes o lo que muestra es una expresión joven y experimental, porque el museo tiene el beneficio de adoptar ciertas funciones del arte por “procurarlo”, pero eso debe ser reconocido por el individuo que se acerca a sus salas y las recorre.
Probablemente sea bueno que al museo de arte se le adjudiquen ciertas características de la disciplina que lo hace, pues le reitera ese papel de institución que le da poder. Pero también hay que pensar en el otro lado de la moneda donde el museo de arte impone una forma de ver el arte, mediándolo y haciendo que el artista se aleje y busque nuevos espacios, de la misma forma que lo hace la sociedad. Las experiencias artísticas no son exclusivas de alguna obra o de algún edificio, incluso, como sucede con la literatura, un texto no provoca los mismos sentimientos o juicios, ni las bibliotecas son siempre el lugar propicio para la lectura, así que es importante entender que el linde que marca la puerta del museo de arte es una cuestión más de una sociedad moderna como proceso histórico que del género humano; por lo que vale la pena acercarse a una educación estética para librarse de los fenómenos publicitarios y turísticos y permitir que la estancia en un museo de arte no esté determinada sino por las experiencias propias, por la búsqueda y encuentro de prioridades personales. Claramente se nota el acceso para “todos” a las obras de arte desde el museo, se observa también el alcance de la reproducción de la obra como mercancía y el museo como escaparate, pero no puede negarse el analfabetismo del entorno que a pesar de masificar las obras, no lo hace con el modo de lectura para las mismas. Es innegable la confusión que se muestra ante una obra medieval o prehispánica, como la que se presenta en una de tipo abstracto o barroco. La codificación necesaria para acercarse al arte no está al alcance de “todos” como lo está la obra de arte. Así el museo de arte se vuelve ese templo con liturgias desconocidas por los fieles que idolatran imágenes colgadas de sus paredes. No importa que haya una democratización de la cultura cuando el acceso personal a ella sigue siendo pobre.
[1] Danto A., Después del fin del arte :el arte contemporáneo y el linde de la historia, España, Paidós, 1999, p.188
http://www.nuevamuseologia.com.ar/visitaalamuseo.htm

agustín rené solano andrade
México (Puebla)

EDITORIAL editorial@nuevamuseologia.com.ar


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